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¿Ciudad prometida? (Parte I)

Tengo que contarte algo... Existe una ciudad, una ciudad donde a luz del sol no descansa, donde la noche no tiene lugar. Donde la gente vive feliz, pero... Estoy seguro de qué se trata de un espejismo.


Espero equivocarme.


LAS PUERTAS TIENEN NOMBRE.


En esta ciudad, existe una diversidad de casas grandes y pequeñas, algunas son discretas y otras más notorias. Debes saber que existen personas de perfiles anónimos, quienes llevan a cabo diversos eventos; desde reuniones filosóficas hasta reuniones satánicas. Cada una de estas casas tiene un nombre peculiar, pero de todas ellas, existe una en especial, Los Aluxes.


ÉRAMOS MÁS.


Éramos cuatro niños, creo... Entre nosotros habían otros más, algunos con distintas edades, pero la mayoría eran de mi edad. Tiempo atrás, mis padres me habían dejado dentro de la plaza frente a una máquina dispensadora de peluches o muñecos de felpa, jugué dos o tres rondas cuando de pronto...


Una desconocida se me acercó, me regaló una moneda para jugar otra ronda, incluso me confesó que conocía un lugar donde las máquinas regalaban más juguetes. Luego me dijo que si quería jugar con su hijo, quien también estaba en una máquina, pero mucho más grande. Accedí.


Recuerdo que comí un rico caramelo, pero tenía un sabor extraño, como sabor a medicina. No tuve por qué haber comido ese caramelo. Cerré los ojos, y cuando los abrí, ya no estaba con mis papás.


Cuando llegué, estaba asustado, sentí miedo, quería estar con mis papás de nuevo. Recuerdo que desperté en un jardín, dónde había un coche gris estacionado, varias plantas, ventanas con rejas, era una casa con loza roja, paredes blancas y detalles en color café. Una casa de aspecto clásico. La mujer desconocida tenía cabello negro, piel morena, nariz gorda y de cejas delgadas. Sus labios me daban asco, eran pequeños y oscuros. Me dio besos en por toda mi cara, en mis manos, en mi cabeza, según ella, tenía que estar tranquilito. Luego me metió a la casa, pase justo a lado de un carro estacionado. La puerta principal era de madera, un tono café, y a lado de esta puerta había una ventana con protectores del mismo color. Dentro de la casa, podías ver un sofá y fue ahí donde me senté. Un sofá individual. Al sentarme, justo al frente de mí, tenía una televisión grande, de esas televisiones que parecen cubos. Recuerdo que mi papá y mis tíos me platicaron que antes de las televisiones planas estuvieron las cuadradas. Pregunté por mis papás, pero la mujer solo me dijo <<Vendrán por ti>>. Luego me dio un poco de agua de limón y se fue.


LA SALA


La sala, era un espacio reducido, con poca luz, cada objeto parece envuelto en un misterioso velo de sombras, mientras que destellos de luz tenue se filtran a través de las cortinas que se encontraban entreabiertas. La atmósfera está impregnada de un aire de nostalgia y misterio, como si el tiempo se hubiera detenido en ese espacio. En la esquina un viejo sofá se encontraba, era para cuatro personas, su tela era de terciopelo, oscuro y denso. En medio de la sala se hallaba una mesita de madera antigua,  con un pequeño florero encima de ella. La televisión era de cubo y tenía sobrepuesto una tela blanca, me recordó a mi abuela, en ese momento una lágrima rodó en una de mis mejillas.


En las paredes, pinturas enmarcadas con marcos de madera cuelgan en algunos puntos. Un reloj de pared viejo, que marca el tiempo con un tic-tac suave y constante, como si estuviera susurrando secretos de antaño. El suelo cubierto de mosaicos antiguos. El polvo flota en el aire, evocando recuerdos de días pasados. La sala con poca luz, sus objetos antiguos se convierten en testigos silenciosos de los acontecimientos e historias que ocurren aquí, dispuestos a escuchar a pesar de no tener oídos.  


CARPETA DE INVESTIGACIÓN.


Mientras tanto, en la Agencia de Investigación de Personas Desaparecidas, los agentes estaban lidiando con un asunto dónde los implicados tenían años de experiencia, o al menos un excelente sistema para operar. La agencia se encontraba en alerta máxima. Los casos de personas desaparecidas son un gran reto para los agentes. Cada segundo cuenta en la vida de las víctimas. Sin embargo, para el presente caso del niño desaparecido, los agentes se encontraban frente a un enigma difícil de resolver, con pocas pistas y un reloj que no dejaba de correr. El primer obstáculo fue la escasez de evidencia tangible. Aunque se recopilaron los testimonios, estos eran débiles, pues, afirman haber visto a la mujer salir de la plaza, sin embargo, muchas mujeres con niños salen de la plaza para dirigirse a un distinto destino, las cámaras de seguridad encuentran diversas personas, pero ninguna de ellas aparece una mujer con el pequeño. Los padres exigen a los agentes que busquen a su hijo de manera minuciosa. Sin embargo, las motivaciones detrás del secuestro eran un misterio, pues existía la sospecha de que el pequeño podrían utilizarlo para ser explotado de alguna forma u otra. La familia del niño no tenía enemigos conocidos ni conflictos evidentes que pudieran haber provocado un acto tan extremo. Los agentes se sumergieron en diversas fuentes que vincularan a la familia, revisaron meticulosamente cada sección en búsqueda de cualquier pista que pudiera conducirlos al culpable.    



LA MUJER DE LA MÁSCARA VERDE.


El pequeño, después pasar varias horas sentado, otra persona más apareció en la sala, tenía su cara tapada con una máscara verde; la máscara era de plástico, con facciones de un hombre, fue extraño y al mismo tiempo aterrador; lo traía puesto una mujer, sin embargo, antes de interrumpir en la sala, advirtió su presencia con ruidos discretos. Claramente su intención no era asustarme. —¿Cómo te llamas? — Preguntó. — Próspero –. Respondí.


La mujer con la máscara verde, continuó preguntándome cosas como mi edad, qué comida me gustaba, quienes eran mis padres, y si tenía hermanos.


La mujer me llevó a una habitación. Me encontré en un punto de la ciudad alejado de mi familia, con la incertidumbre a mi lado, escuchando ruidos y voces detrás de las paredes, dentro de una habitación blanca, encerrado con seguro, mi corazón palpitaba tan rápido que mi cuerpo colapsa y terminé desmayado, pero entre sueños me mantenía alerta, despertándome con un salto en la cama o tirado en el suelo.


Había un poco de luz que se filtraba por debajo de la puerta. Repentinamente, se escuchó el sonido de pasos, mismos que se intensificaron; unas llaves suenan, alguien abre la puerta, la luz tenue de la habitación, revela la entrada y presencia de una persona quien camina de manera sútil, pero firme, creando un eco misterioso que llenaba el espacio con una tensión palpable.


El sonido se detuvo brevemente, dejando un silencio inquietante que flotaba en el aire, Próspero alzo su mirada para ver aquélla figura, pero al mismo tiempo su corazón se estrujaba. El rostro de aquélla figura estaba oculta por una máscara verde, dejando a la vista una silueta femenina, vestía con zapatos de tacón grueso, color negro, utilizaba unas medias color carne, vestido rojo estilo sastre, camisa pequeña abotonada color blanca, una peluca color rubio, sus manos estaban ocupadas, y cargaba sobre de ellas una charola con lo que parecía tener comida y una bebida.


La figura avanzó con una calma deliberada, colocó con frialdad la charola encima de una pequeña mesa de madera que se encontraba olvidada en una de las esquinas de la habitación; mi corazón se encogió, y el aire se espesó con expectación.


Mientras tanto, aquella persona misteriosa que miraba con atención a Próspero; sus ojos eran custodiados por unos lentes oscuros. La charola que tenía consigo, presenta dos emparedados de chocolate untable, y un vaso de leche tibia. Aquélla mujer ya adentro de la fría habitación, se encontraba parada frente a Próspero; los ojos de Próspero destellaban con nerviosismo, como faros en medio de la oscuridad, su piel se volvió pálida, salpicada con gotas de sudor frío; sus pequeños músculos tensos, y su rostro mostraba angustia, su inocente alma ruega seguridad.


Le parece un tanto extraño a la mujer que Próspero no gritara o arrancara con un mar de lágrimas. La mujer saca de su bolsillo lo que parece ser una cámara, toma una fotografía a Próspero y abandona el dormitorio.


Continuará...




 
 
 

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Alejandro Ariza

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