top of page

En los ojos de Isabel

¡Llegó el momento!, ¡estoy tan emocionada! Precisamente en dos meses termino la preparatoria y me estaría inscribiendo en la universidad. Quizás no ingresaré a la universidad que elegí como primera opción, pero no importa. ¡Dios! No sé como sentirme, quiero llorar, quiero gritar, quiero conocer y tener nuevas amistades, pero al mismo tiempo quiero quedarme en mi habitación para… Quizás solo soñar, no sé, o solo pensar todo el día en lo que me prepara mi destino. Mi teléfono está sonando, estoy recibiendo un par de mensajes. Es Juan Pablo… Lo quiero mucho, es mi pareja, y aunque oficialmente no me ha pedido ser su novia; extrañamente me siento mejor así, sabiendo que no soy su novia oficialmente.


No debo negar que existió un tiempo donde desee que me lo pidiera, pero a estas alturas y sabiendo que me mudaré de ciudad, creo que voy a preferir recordar nuestro amor como un “alguna vez...”. Pero para que te des una idea de como es él; es un bebé enorme, por qué su rostro guarda la mirada más tierna y traviesa que puede haber en este mundo, su cabello tan chino como lana de oveja, de tono oscuro; mi madre lo adora, así como algunos familiares. ¡Y ni se diga de mis amigos! Todos los viernes Juan Pablo visita los antros. No es un mal muchacho, solo que le encanta emborracharse con alegría. No lo justifico. Pero así es él. Lo quiero mucho, pero soy sincera, me esfuerzo un poco para imaginarme una vida a su lado, aunque no descarto la posibilidad. Sé que sería un excelente padre y un maravilloso marido, pero debo de partir de esta ciudad. 


Mientras tanto, Juan Pablo camina con dirección a su casa pensando en Isabel. Sus pensamientos son tan profundos que olvida el ruido y la gente que pasa a su alrededor. Tiene dos meses para terminar la preparatoria. Su padre le ha pedido quedarse, tienen un negocio familiar prometedor. ¿Qué le diré a mi padre? Es una pregunta que gira al rededor de la cabeza de Juan Pablo. No quiere manejar el negocio familiar. Él desea irse de la ciudad al igual que Isabel. Una de sus ideas es terminar la universidad e irse a vivir a la luna con el amor de su vida, vivir días dulces y maravillosos.


¡Tengo que ir a verla! —Dijo Juan Pablo. Tomó su celular y le envío un par de mensajes. Pero parece que Isabel no está dispuesta. ¿Será que la vaya a ver? —Se preguntó. Pero Juan Pablo no se atreve a ir a su casa sin tener permiso de Isabel; le parece un acto atrevido e imprudente.


Juan Pablo adora a Isabel, la quiere, la extraña, la ama, pero no puede ir a verla así nada más. Envía otro mensaje, pero Isabel no responde. Juan Pablo prefiere seguir caminando. Cada paso es un suspiro de arrepentimiento. Toma el camión para llegar más rápido a su casa.


***


Tomé mi celular. Es Juan Pablo, quiere que nos veamos... Pero es tarde. Hubiera venido a verme, ¡él sabe perfectamente que estoy en casa y que puede venir! Sabe que es bienvenido. Lo adoro, pero es muy indeciso ¿Por qué no simplemente viene a verme y ya?


Mis días transcurren tan lento que siento que no tiene caso ya irme. Estoy segura de que el universo ya sabe que deseo irme de aquí, que estoy lista para emprender un nuevo camino. Maldito tiempo, ¿por qué no avanza? ¿Por qué no podemos estar ya en el lugar que queremos estar? Las clases son tan aburridas, no tienen sentido ya. El maestro sabe que ya estamos a nada de irnos, ¿por qué no solo nos aprueba y listo? Los viejos se complican tanto en la vida. ¿Por qué la gente vieja no cambia? Quiero decir, ¿por qué son tan…? Complicados.


¡Ha llegado el día! Por fin he terminado la última semana de clases. Ahora toca preparar mis cosas y tomar en cuenta algunos detalles. Por cierto, mi madre está un poco histérica, pero mi padre hace un contrapeso a mi favor. El día de hoy veré a Juan Pablo, lo he tenido abandonado estos últimos días. Creo que también estoy hasta cierto punto histérica, necesito tomar un respiro. He sentido que los días corren y tropiezan al mismo tiempo, pero debo admitir que ya estamos en la pista de vuelo y eso justifica una salida con Juan P. Me tomaré una ducha.


Mientras tanto, Juan Pablo se prepara para salir; elige la ropa adecuada, toma un par de billetes que había ahorrado para salir con Isabel, un billete de cien pesos, otro de doscientos pesos, y un par de monedas; lleva una tarjeta de débito por si las cosas se complican; elige un perfume para colocarlo a la vista.


Al terminar, baja a la cocina, ahí estaban sus padres. La cocina huele delicioso, su madre prepara un poco de pan tostado con mantequilla, y su padre toma té mientras lee el periódico; es un hombre chapado a la antigua, pero sus años no han pasado en balde, tampoco para la madre de Juan P., ambos padres son personas que han dedicado su vida al trabajo y a la familia. La madre de Juan P. es una hermosa señora de ojos de color verdes oscuros, de piel tan blanca como las perlas, y quien en su juventud se había dedicado a la profesión de secretaria y asistente, pero lo dejó por su marido, ya que el padre de Juan P. dedicó toda su vida a su pastelería y abarrotes. Al final les fue de maravilla, sin embargo, existieron nubes grises en sus vidas, así como los malos tragos, pero de manera admirable lo afrontaron, ya sea de una manera u otra, y ahora son un par de viejitos cuyas preocupaciones giran alrededor de dos cosas: la primera, en que el señor Joaquín no se le olvide las llaves de la casa; y la segunda, en que la señora Guillermina no deje el pan en la tostadora más tiempo. Don Joaquín detesta el pan tostado a punto de quemado, aunque he sido testigo de que al final termina comiendo el pan, solo basta que la señora Guillermina le haga un tierno puchero y listo.


Juan P. tiene otro hermano, un hermano menor, aunque más alto que él. Es un monstruo y lo digo por su estatura, pero trabajador, al igual que su padre. Es una persona muy callada, pero es un buen muchacho.


Son las cuatro de la tarde, el cielo está nublado, parece que lloverá, pero nadie está seguro. Lo que sí es seguro es que afuera hace un frío acogedor; debo admitir que cuando el viento sopla, llevando consigo un helado suspiro. Veré a Juan P. en una de las plazas, y mientras viajo en camión, observo con sentimiento las calles de mi pequeña ciudad.


Juan Pablo se despide de sus señores padres, pero antes de irse, su madre le da un pequeño sermón, ya que parece que Juan Pablo llegará tarde a su cita.


—¡Y date prisa! — Expresó la señora Guillermina, mientras atiende al mismo tiempo al señor Joaquín, sirviéndole otra rebanada de pan.


—Ay Joaquín, con esta ya son tres —dijo mientras le fija una mirada seria a su marido, pero por dentro Guillermina ama darle de comer a su viejo glotón.


—Es que me preparas muy rico el pan —Respondió el señor Joaquín—. Y si tienes chocolate dame también —Agregó.


—¡Viejo glotón! —Expresó Guillermina.


Al mismo tiempo, el hermano de Juan P. se prepara en silencio cuatro emparedados de jamón con queso, acompañados de pepinillos.


—¡Es tardísimo! Debo tomar un taxi —. Se dijo con regaño Juan P.


Juan P. no tiene tiempo, debe apresurarse.


Toma un taxi y partió. En el camino entabla una pequeña conversación con el taxista, y sutilmente le hace saber que fue un error y por ello la premura.


Juan P. es un muchacho agradable; por su simpatía y elocuencia convenció al taxista en llegar lo más pronto posible.


—¡A tiempo! —. Musitó Juan P.


Baja del taxi y corre a la entrada de la plaza, saca su celular e inmediatamente llama a Isabel.


Por otro lado, Isabel toma su celular y contesta la llamada de Juan P., acuerdan verse en un local donde venden tapioca y otras bebidas.


Al encontrarse, se saludan con un fuerte abrazo acompañado de un pequeño beso. Caminan con calma al interior de la plaza, pasan por una bebida y un bocadillo. Platican de todo lo que ha ocurrido en la casa, de uno y del otro.


Después de disfrutar de la plaza, así como de diversas charlas, Isabel le ha confiado a Juan P., su próximo proyecto.


—En dos semanas me iré a otra ciudad, cursaré la carrera de actuación y teatro.


—¿En serio? ¡Me da mucho gusto! —dijo Juan P. con una profunda tristeza.


Juan P., pudo probablemente decirle algo, pero prefirió callarse; quizás había considerado que sería necio de su parte decirle que la seguiría hasta el fin del mundo. No se trataba de ser un maniático acosador, así que eligió escucharla y sonreír con ella.


Juan Pablo desea hacerle saber a Isabel que está perdidamente enamorado de ella, que quiere ser más que su amigo íntimo; pero no encuentra las palabras para declararse. Conoce a Isabel, y sabe que ella es una mujer muy decidida, e intuye que si le declara su amor, ella se sentiría apenada para rechazarlo.


Le ha quedado claro que Isabel desea ser actriz y que su lugar se encuentra en otra ciudad.


— Isabel…

— ¿Sí? — Me alegra que tengas la oportunidad de irte, y sé que serás la mejor actriz que el mundo haya tenido. Quiero que sepas... Que estaré ahí cuando me necesites, ¡cualquier cosa! ¡Sé que lo lograrás, Isabel!


Aquellas palabras conmovieron a Isabel, dejando recorrer una pequeña lágrima en su mejilla. Miró a Juan Pablo con otra mirada, acarició su mejilla y le regaló un beso.


— Juan Pablo, ¿cómo lo haces?

—¿Hacer qué?

— Eso… intentar aplastar mi ambición con amor.


Ligeramente ambos se rieron. Las palabras de Isabel no tenían intención de hacer sufrir a Juan Pablo.


Es tarde, toman un camión y se marchan de la plaza.


— Sé que sobreviviré sin ti —Musitó Juan Pablo, o al menos su corazón.


Continuará...




Comments


Post: Blog2_Post
Post: Instagram

Alejandro Ariza

Alejandro Ariza.

All rights reserved. Proudly created with Wix.com

bottom of page